La ola de optimismo e inconsciencia que imperaba e el mundo automovilístico en la segunda mitad de los ’60 contagió a Mazda. En los despertares de la nueva década con los Muscle-car como iconos del motor y un mercado estadounidense comprando coches a mansalva cualquier marca por pequeña que fuese tenía su hueco en el gigante americano. En la relativamente modesta marca japonesa habían apostado por el motor rotativo como seña de identidad (algo de lo que adolecían/adolecen las marcas niponas) y creeyeron que los problemas continuos de este tipo de motores se solucinarían a base de ingenieria y desarrollo. Total, a nadie parecía importarle en aquellos años vanalidades tales como fiabilidad, consumo o contaminación. En la vieja Europa NSU se lo jugaba todo a una carta con el excelso y rotativo Ro80 y en Mazda no querían quedarse atrás. A su familia alternativa (Cosmos, RX, 929…) se les unió uno de los modelos más controvertidos jamás construidos: El Mazda Rotary Pick-Up. De todos es sabido que los motores rotativos no se caracterizan por su cifra de par. Son verdaderos molinillos, con cifras de giro (rpm) muy elevadas, tremendamente suaves y silenciosos atributos estos no pertenecientes a la clase obrera del motor. A los frágiles motores se les exigía trabajar duro. El nuevo Mazda cumplía con unas prestaciones (salvo la cifra de par) y una fiabilidad equiparables a sus coetáneos. Por desgracia sus potenciales compradores (unicamente se vendión en EE.UU.) no estaban (ni siguen estando) por exquisiteces mecánicas. A pesar de que ya había pick-ups deportivas sin ninguna opción de arrastre o carga a poca gente le interesó dicho cóctel. La insistencia de Madza con los motores rotativos quedó relegada a éxoticos deportivos, ahí está todo permitido.























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